Saliendo del hoyo

A principios de 2024 me rompí. No pude más con el estrés y el cansancio acumulados, me dio un ataque de ansiedad, pedí la baja laboral y tuve una pequeña crisis de identidad. Desde mayo estoy bastante bien de ánimos y a primeros de julio me dieron el alta, así que es buen momento para hacer balance de este proceso. 

El psicólogo

He tenido la grandísima suerte de contar con un buen profesional a tres minutos de mi casa. Literalmente. He leído malas experiencias con psicólogos así que me siento doblemente afortunado.

El ocho de enero me dio ese ataque de ansiedad. El jueves once tuve otro amago por un tema diferente al trabajo, y me di cuenta de que no era algo que pudiera afrontar yo solo. Le escribí y me dio cita para el mismo viernes doce. Desde entonces tuve sesión cada dos semanas o, cuando ya estuve mejor, un mes. 

No entraré en mucho detalle sobre mi terapia psicológica porque es algo muy personal. En esta ocasión he aprendido el poder de un diario en papel (aunque no escriba en él cada día), aceptar mi variabilidad, cómo tratar la ansiedad y algunas herramientas más que, insisto, no veo conveniente explicar porque tienen que ver conmigo y mis circunstancias. Ni yo sabría explicarlas debidamente ni servirían a otra persona necesariamente, aunque tuviera unas circunstancias parecidas. 

Solo tengo buenas palabras hacia este hombre y solo puedo recomendar a cualquiera que, si se lo puede permitir, acuda a terapia con un buen profesional. Sé que esto es más fácil decirlo que hacerlo y que he tenido mucha suerte, pero de verdad que merece la pena. No es ninguna derrota, no es ninguna debilidad. No es fácil asumir que lo necesitamos y dar el paso, pero la salud mental también es salud y hay que cuidarla tanto como la física. 

Ejercicio y movimiento

Hablando de salud física, llevo desde 2022 acudiendo a un entrenador personal. Me permite mantenerme activo (de otro modo habría épocas de mi vida en las que no haría ejercicio) y me motiva. 

Estos meses en los que he ido a entrenar sin cansancio por el trabajo han permitido que el entrenador me diera más caña de lo habitual y he mejorado mi forma más rápido que en otras épocas. Me noto más fuerte. 

Además, cuando me vi con más tiempo libre comencé a pasear por mi pueblo. Este tuvo tres beneficios: conocer mi pueblo (tengo treinta y cuatro años y nunca lo había paseado con la sola intención de hacerlo), poner en orden mis pensamientos y mantenerme activo. 

Como ya he aprendido que debo aceptar mi variabilidad, hay épocas en las que no paseo. O no hago ejercicio en casa si voy al entrenador. Pero es algo que ya se ha vuelto parte de mí y el cuerpo me pide retomar si estoy mucho tiempo sin moverme. 

Aunque hay momentos en los que he descuidado bastante mi alimentación, esta actividad ha impedido que empeore mi forma física o mi salud. Además, con los paseos me da el sol, que también tiene sus beneficios de salud. 

En definitiva, el ejercicio y el movimiento ya eran parte de mi rutina, pero en este tiempo son hábitos que se han afianzado aún más. No me obligo ni me fustigo por no moverme en épocas en las que no me apetece, pero ya he aprendido a escuchar a mi cuerpo cuando necesita esa actividad. 

Mi relación con el entorno

El ataque de ansiedad me dio en el trabajo pensando «tengo que». Tengo que preparar el trimestre, tengo que atender la tutoría, tengo que atender la biblioteca, tengo que planear los trabajos, tengo que, tengo que. Y me di cuenta de que mi vida había sido un «tengo que» constante. 

Siempre había cumplido el papel que la sociedad me había asignado. 

Si había hecho el bachillerato, ¿por qué no seguir con la carrera? ¿Y por qué no hacer el máster directamente? ¿Preparar la oposición y trabajar, sin ningún tiempo de descanso?

Mi entorno no me obligaba a nada. Al revés: me llegaron a decir que descansara un curso antes de opositar. Pero yo no quería perder el ritmo. «Tengo que» seguir. Y diez años de trabajo a un ritmo frenético cargado de muchos «tengo que», me vi de baja. 

Quise rebelarme contra esto. 

Le dije a mi entorno que no «tengo que» nada. No quería saber nada de obligaciones de ningún tipo. Que me dieran mi tiempo y me entendieran si me agobiaba y me iba de una reunión, si me veían más solitario, si tenía algún berrinche fuera de lo habitual. Tengo la grandísima suerte de que me rodeo de bellísimas personas que saben entenderme y me regalaron su comprensión. 

Desde primeros de mayo mejoró mucho mi ánimo. Ya no tenía esos berrinches, o no tanto, y estuve un poquito menos solitario. Ya respondía a algunas obligaciones de cara a mi entorno y gestionaba mejor los agobios. A día de hoy aún mejoro en este aspecto, pero no tiene ni punto de comparación. 

Encuentros con compañeros de trabajo

Me llevo muy bien con mis compañeros y me apunté a los planes que surgían. Ellos mismos me decían que no tuviera apuro por estar de baja. Entendían que, precisamente, lo que necesitaba era desconectar. 

Pero tengo un defecto, no sé si más o menos grande, y es que me encanta la validación. Me hacía muy feliz cuando me decían que me echaban de menos en el instituto. En un trabajo en el que uno se debe agarrar a cualquier mínimo éxito, recibir tanto cariño de las personas que trabajan conmigo me ha llenado muchísimo. 

Además, acompañarme de compañeros de trabajo pero sin estar en el instituto hasta finales de junio, que lo pisé para un sarao de fin de curso, me sirvió para entrar en un entorno controlado. Se habló de trabajo, se habló de los grupos a los que les daba clase, y pude valorar cómo me encontraba en ese ambiente. La cosa fue bastante bien. 

La mudanza

Ya conté que mi casita me hace feliz, pero no puedo hablar de mi recuperación sin pasar por ello. 

Después de mucho sufrimiento, el 18 de mayo me mudé. Entra mucha luz natural, tengo luz ajustable para la noche, ventiladores de techo para estar fresco y sentí el subidón de montar un mueble yo solo por primera vez. No le digas a nadie que me sobraron piezas, que aún no se ha caído. 

Estuve independizado de los 26 a los 31 y, por muy fácil que sea convivir con mi familia, volver con ellos tras haber probado la independencia no es ideal. He tardado casi tres años en terminar este paso, pero ya está dado y es muy satisfactorio.

Pensaba que la casa se me echaría encima en el momento en que me viera solo, pero nada más lejos. He sido capaz de encargarme de la comida y la limpieza (hasta donde me permite mi problema de vista), he comprado electrodomésticos que me hacen la vida más fácil y, en definitiva, estoy animado también con esta esquinita de mi vida. 

Decisión

Dado que la baja era por motivos laborales, debía tomar una decisión. Estoy en situación de pedir una excedencia y no sufriría demasiado a nivel económico, y es una opción que valoré seriamente, sobre todo al principio de la baja. 

Pero una vez que noté una mejoría, sentí que pedir una excedencia sería una huida más que un descanso necesario. Llevo seis meses descansando, ocho hasta final del verano. Siento que es suficiente. 

Necesito incorporar de nuevo la parte laboral a mi vida y valorar cómo me relaciono con ella después de estos meses de reflexión y análisis. Necesito saber si puedo ser profesor de secundaria sin dejarme la vida en ello o si es un trabajo que, sí o sí, significa para mí un estrés que no puedo controlar. 

No solucionaba nada posponiendo esa vuelta y siento que seré capaz de cambiar la situación después de estos meses. 

Por lo tanto, en septiembre volveré a las aulas y miraré más por mi salud mental. Estaré unos cursos valorando cómo me relaciono con mi trabajo y, en caso de no controlar el estrés, me plantearé seriamente cambiar de perfil. No me asusta la idea: tengo claro que no me voy a dejar la salud mental por un trabajo, por más vocacional que sea. 

También tengo pensado pedir cambio de destino a mi pueblo, para no dedicar tanto tiempo a ir y venir del trabajo. Pero antes hay que pasar por el curso que viene. 

En resumen

Soy una persona muy afortunada. Afortunada por haber encontrado un grandísimo psicólogo cerca de casa, por tener un entrenador magnífico igual de cerca, por tener un entorno y unos compañeros de trabajo que me cuidan y una casa que me hace feliz. También soy afortunado por siquiera poder plantearme la opción de una excedencia sin que mi economía sufriera un palo demasiado grande, y por poder plantearme un cambio de perfil profesional si las circunstancias lo requieren. 

Soy afortunado también por todo el cariño y los ánimos que he recibido en redes durante este tiempo, en las ocasiones en las que he compartido mi estado mental. Muchas gracias. 

He podido tomarme el tiempo necesario para pensar en mí, cuidarme y descansar. Teniendo esto en cuenta, estoy seguro de que volveré al instituto con otra mentalidad, y ya veremos qué ocurre a partir de ahí. 

Seguimos informando. Seguimos viviendo.

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