Repaso profesional del curso 20–21

Sé que hace mes y medio que el curso terminó, y sé que quizá no es buena idea ponerme a escribir esto en mitad de mis vacaciones, pero qué le voy a hacer, así soy yo.

Como a finales de 2020 ya escribí una entrada donde hacía balance del final del curso anterior y principios del que nos ocupa, invito al lector que lea la parte correspondiente al primer trimestre del curso 20–21 y retomamos desde ahí.

Burocracia

Por suerte la carga burocrática se suavizó bastante. Y menos mal, porque el nivel que se había alcanzado en el primer trimestre era impresionante.

No culpo a la directiva sino al inspector. No entiendo por qué la inspección se dedica a poner más trabas y más trabajo a unos profesores que ya están lo bastante cargados en su quehacer diario. Hace tiempo llegué al punto en el que veo a la inspección educativa como a un enemigo más que como un aliado, y eso creo que es un problema gordo que alguien debería revisar, porque me consta que no soy el único con tal visión.

Consecuencias del Covid

Las consecuencias del confinamiento se vivieron hasta casi el final de curso. Estoy plenamente convencido de que muchos alumnos esperaban como agua de mayo que nos encerraran de nuevo para poder repetir la jugada del curso anterior y que las asignaturas se decidieran con trabajitos que les pudieran hacer sus padres o los profesores particulares (sucedió). Cuando vieron que esto no llegaba es cuando muchos empezaron a ponerse las pilas, ya al final, con dispares resultados.

Otra consecuencia de las medidas anti Covid es el impacto en el autoestima de los alumnos. Ha habido casos de alumnos que dejaron de desayunar en el recreo por no quitarse la mascarilla, alumnos que se han sentido abandonados (si solo se pueden reunir cuatro personas, muchos adolescentes no piensan en ese compañero tímido de clase) y algún otro caso más grave que ni siquiera dejaré entrever. El curso que viene se plantea con medidas parecidas, y sé perfectamente que las secuelas psicológicas de estos años van a tardar en disiparse.

Control de horas

He estado todo el curso trabajando como nunca y con la sensación constante de no llegar a buen puerto. He ido solventando los problemas como buenamente he podido, y muchas veces yo no estaba contento con el resultado. Tuve que esperar a final de curso para que padres y compañeros me dijeran lo contentos que estaban conmigo para creerme que había hecho, por lo menos, el mejor trabajo dadas las circunstancias.

Eso sí, para el curso que viene sigo con la fijación de ceñirme a las 37,5 horas semanales, un objetivo que he sido incapaz de cumplir este curso. Hacer bien mi trabajo no se debe traducir en echar horas de más. Espero que el curso que entra no haya semipresencialidad, como parece que ocurrirá, para no tener la carga extra de las plataformas online.

En el primer trimestre dije que había vivido para trabajar. Esto se mantuvo durante el resto del curso. De hecho, voy a dejar aquí, a modo de registro, las horas trabajadas durante el curso.

  • Septiembre: 26:43 de menos.
  • Octubre: 43:24 de más. Si restamos las horas de menos de septiembre se quedaría en 16:41 de más.
  • Noviembre: 60:51 de más. Sumamos 77:32.
  • Diciembre: 15:06. Vamos por 93:38.
  • Enero: Consigo trabajar de menos 04:05. Estamos en 89:34.
  • Febrero: Se suman otras 43:23. 132:57, alegría.
  • Marzo: 34:01. Llegamos a 166:58.
  • Abril: Resto 3:59. Algo es algo. 162:59.
  • Mayo: No sirvió de mucho lo de abril: sumo 29:25. En total 191:24.
  • Junio: Sumo 2:09.

Eso hace un total de 193 horas y 33 minutos. Si dividimos esto por 37:30, que es lo estipulado, nos sale que durante el curso he acumulado 5,16 semanas de más. Más de un mes.

Los meses que tienen horas de menos es porque yo me organizo las horas como buenamente puedo, y si un mes trabajo de más, el siguiente intento trabajar algo menos para dejar la balanza a cero. Ya habéis visto que fue imposible.

Evaluación extraordinaria

La idea de poner los exámenes de septiembre a final de junio, aunque estuvo pésimamente ejecutada, finalmente me demostró que tenía sus ventajas.

Los alumnos que de verdad querían estudiar tenían a sus profesores para preguntarles dudas, y una vez terminado el curso ya se pueden relajar todo el verano. Además, este adelanto de fecha ayuda en cuestiones organizativas.

La localidad y el instituto

A nivel más personal, la localidad donde pasé el curso también supuso un problema. Era un pueblo con dos supermercados pequeñitos sin grandes marcas y con muy poca vida. Para ir a un centro comercial había que conducir cuarenta minutos, y yo no puedo conducir. A eso hay que sumarle cierres perimetrales y todo lo demás que trae el Covid. Recuerdo enero como un mes especialmente duro, porque fue cuando el virus llegó a la localidad y hubo cierre perimetral.

El hecho de estar (para mí) tan lejos de casa y depender de una persona para traerme (la alternativa era un viaje en transporte público de demasiadas horas) también supuso un punto de desgaste.

El instituto es una maravilla por los grupos reducidos y por su claustro. Hubiera sido ideal si estuviera un poco más cerca de la bahía. Pero el caso es que no lo está.

Grupos reducidos

El trabajar con grupos reducidos, como digo, ha sido algo maravilloso, y no entiendo por qué las administraciones no han aprendido la lección. Me consta que muchos docentes comentan lo mismo que yo, se insiste en la bajada de ratio y hacen oídos sordos. También le quitan hierro ciertos sectores educativos. No lo entiendo.

Yo he trabajado con grupos de diecisiete y once alumnos, y la atención que se presta en este caso es muy diferente a la de un grupo mayor. Y eso no se arregla con un segundo profesor. Que se construyan más aulas o más centros, lo que haga falta, no me corresponde a mí pensarlo. Lo que sí sé es que es una necesidad real del sistema educativo.

Otro punto positivo es la actitud de los alumnos. El centro presentaba bastantes retos a nivel social, pero pocas veces he visto alumnos tan nobles y tan agradecidos. Jamás he tenido la sensación de que un grupo progresara tanto, y es una sensación muy gratificante.

También debo destacar los compañeros que encontré. Puede que por el hecho de estar en una localidad más pequeña y apartada, sumando el asunto del Covid (que nos atrapó a todos un poco más de lo que la propia población requería), lo importante es que hice contacto con un grupo de compañeros, un contacto que pienso mantener aunque trabajemos cada uno en una punta de Andalucía. Con ellos hacía unas rutas de senderismo que suponían uno de los pocos momentos de relajación que el curso me permitió.

Con una de estas compañeras llevé a cabo una actividad de la que estoy tremendamente orgulloso: un periódico donde los alumnos trataban temas del pueblo. No lo voy a enlazar pero está disponible en red, si alguien lo quiere ver puede contactarme. Una de las mejores actividades que he realizado en estos años de docencia propiciada por una buena colaboración.

Agotamiento

Como dije al principio, el curso me dejó tan hecho polvo que tardé todo el mes de julio en tener la cabeza en las condiciones necesarias para llevar a cabo cualquier actividad intelectual medianamente compleja. Por ejemplo, el curso del confinamiento y este se han llevado por delante mi hábito lector, que espero recuperar pronto.

Acabé el curso mentalmente agotado, sin más.

Para el curso que viene había pedido una reducción de jornada, pero mis queridos jefes, la Junta de Andalucía, ha tenido a bien eliminar la reducción de jornada por interés particular de un 33% y de un 50%. Ahora solo se puede pedir de un 10%, que traducido resulta una o dos horas menos de clase.

Una o dos horas menos no son nada: lo único que conseguiría es fastidiar los horarios de los compañeros. Dado que voy a un centro nuevo y no quiero dar la nota más de la cuenta, sumado al hecho de que restar una hora o dos y ninguna son lo mismo, he preferido renunciar a la reducción.

Eso sí, insisto en que estoy mentalmente agotado. Si veo que mi salud mental se ve maltratada por el exceso de trabajo, estoy dispuesto a hacer lo que sea para parar en seco. No voy a jugarme mi salud por un trabajo, eso lo tengo muy claro.

Perspectiva ante el nuevo curso

Quitando esto, el curso que entra se plantea en mejores condiciones. Ya no habrá presencialidad alterna (o eso espero) por lo que no tendré que pasar tantas horas delante de una pantalla, no al menos por obligación externa. Eso sí, al ser un centro nuevo habrá que ver cómo se portan los alumnos conmigo y cómo es el ambiente de trabajo, que es algo fundamental. He estado en centros con muy buena fama y con muy buen alumnado, pero la experiencia se enturbia si no hay un claustro y/o una directiva que acompañen.

Al quitarme una posible vía de relajación, que era la reducción de jornada, veo el curso con ilusión y con cautela a la vez. Veremos qué ocurre.

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