Responsabilizar a la sociedad

Esta es una de esas entradas sobre asuntos relacionados con la sociedad que son muy difíciles de tratar sin que nadie se sienta ofendido, más aún tomando en cuenta que la sociología ni ramas relacionadas están dentro de mi campo de conocimiento. Con esta (cada vez menos innecesaria) introducción quiero decir que se tomen mis palabras como los pensamientos pausados y compartidos en voz alta de un ciudadano cualquiera.

Antecedentes

En alguna ocasión he hablado del nuevo lenguaje que se está imponiendo respecto a la discapacidad (o «diversidad funcional» como la llaman ahora) y a la tendencia a victimizarse de ciertos colectivos.

Yo nací con problemas de visión. Durante mi infancia, allá por los años 90, no era raro encontrar a personas que se me quedaban mirando cuando me acercaba cualquier papel a la cara para leerlo. Tampoco era raro que me trataran de «pobrecito», palabra ante la que mi madre se ponía hecha una leona porque, al final, yo hago mi vida como cualquier otra persona, solo que más cerca.

Esta actitud de quedarse mirando cuando me acerco algo a la cara también la he reseñado en el blog en alguna ocasión. Y también he hablado de ciertos problemas en la configuración urbanística en algunas ciudades o de algo tan simple como una escalera.

Sin embargo, algo que nunca he hecho es victimizarme. Yo no me siento víctima de una sociedad injusta y cruel que no tiene en cuenta mis necesidades particulares. Es bien cierto que las ciudades actuales están configuradas, al menos aquí en España (en Londres no tuve problemas para orientarme en el metro), sin tomar la menor consideración hacia las personas con deficiencia visual.

¿Debo, como discapacitado visual, responsabilizar a la sociedad porque no toma en cuenta mis necesidades? ¿Estaría siendo justo?

Un ejemplo reciente

Hace unas semanas fui a un parque acuático. Había una atracción que consistía en descolgarse de una tirolina y dejarse caer en la piscina.

Cuando llegó mi turno, la responsable de la atracción me hizo un gesto que yo no vi. Al ver que no reaccionaba, dijo: «la cuerda», con un tono no antipático pero tampoco agradable. Como yo ya había visto a una chica hacer el gesto, cogí la susodicha cuerda y tiré de ella para que la tirolina volviera a la posición inicial.

Cuando me acerqué, le dije que me perdonase, que tenía problemas de vista.

—Entiendo que es la primera vez que te subes aquí.
—Entiendes bien —respondí yo con mi mejor sonrisa y mi gracia natural.
—¿Ves la escalera al otro lado de la piscina?
—Más o menos, pero cuando caiga ya me apaño.
—Vale. ¿Y la zona negra de la cuerda?
—Eso ya no.
—En esa zona es cuando tienes que soltarte. Vamos a hacer una cosa. Cuando yo toque el silbato, tú te sueltas.

Y Adrián se lanzó la tirolina con ilusión igual a la de un infante. Cuando la chica pitó yo me solté y no me rompí los dientes.

Me da la impresión de que muchos colectivos buscan que la situación hubiera sido algo tal que así:

—Hola, ¿cómo te trato? —apoyando el mensaje verbal con gestos en lenguaje de signos.
—Soy un hombre cis con diversidad funcional visual.

Y entonces vendría la indicación de la cuerda y la propuesta del silbato. O mejor aún, que la tirolina tuviera algún tipo de marca acústica ya incorporada.

Hay quien intenta convencer de que esto es lo deseable. Que cuando conocemos a una persona debemos preguntarle cómo lo tratamos, como persona binaria o no binaria, y por supuesto tomando en cuenta toda posible discapacidad física o psíquica que pueda existir.

Quizá el ejemplo de la atracción no sea el idóneo, pero vale cualquier puesto de trabajo cara al público con interacciones rápidas y frecuentes con otras personas.

La cuestión

Imagine el lector encontrarse a una mujer ataviada de la manera habitual para gustar a los hombres, con su escote, su maquillaje y sus tacones, o a un hombre alto y musculado con una camiseta ajustada, y decirles:

—Hola, ¿cómo te trato? —apoyando el mensaje verbal con gestos en lenguaje de signos.

¿Cómo reaccionarían? No sé qué pensará el lector, pero en mi cabeza la imagen es clara e incluye violencia física.

Son tantos los ejemplos en los que las apariencias pueden engañar en ambos casos (la mujer provocativa y el hombre musculado) que no voy a intentar siquiera enumerarlos. Pero me gustaría que el lector me respondiera a esta pregunta:

¿En cuántas ocasiones engañarán las apariencias en situaciones así?

Yo me atrevería a decir que las excepciones serán muy pocas.

Lo mismo ocurre con mi discapacidad visual. A no ser que me veas con el móvil o leyendo algo, es muy posible que tú, lector, de primeras no detectes en mí ninguna discapacidad. Sí pasados unos minutos, porque el ojo izquierdo «se esconde» y cuando me pongo nervioso los ojos se mueven de forma descontrolada.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿es justo que yo demande a la sociedad que conozca mi problema concreto?

Aquí no busco respuesta. No, no es justo.

¿Es operativo que la chica responsable de la tirolina (o perfiles como los mencionados) repitiera el rito de presentación en todos y cada uno de los usuarios de la atracción? No, no es operativo.

Insisto: veo que esto buscan ciertos colectivos (o ciertos individuos dentro de esos colectivos, por no «generalizar dentro de la minoría»).

Lenguaje y ciudades

De un tiempo a esta parte se ve cada vez más en perfiles de redes sociales que la gente se coloca los pronombres por los que quieren ser llamados. «Él/lo/-o, Ella/la/-a, Elle/le/-e». Esta es una costumbre importada de los Estados Unidos (cómo no), donde es ilegal no usar los pronombres que la persona estime como propios.

Voy a plantear una pregunta exagerada y algo cruel.

Yo también formo parte de una minoría. Soy persona con discapacidad visual. ¿Debería proponer al resto de la sociedad que se ponga en su perfil en redes algo así como «Persona sin discapacidad»?

Es posible que alguien, convencido por esta clase de discurso, piense que sí, que sería justo. O no, porque la discapacidad no es algo que afecte tanto a la comunicación como la disforia de género. Son cuestiones muy resbaladizas.

Para mí es lo mismo. Yo podría ejercer mi derecho al pataleo y denunciar a diario esas fotos de Instagram con pantallazos a tuits que no puedo seleccionar para que me lo lea mi lector de pantalla, o ponerle yo el tamaño de texto que necesite. Considero que eso es lo que hacen las personas no binarias cuando reclaman que todo el mundo debería usar la desinencia -e para especificar el género no marcado o un género neutro.

A mí me educaron en el respeto y la aceptación, y es una concepción social que cada vez veo menos.

Si conozco a una persona no binaria que me indica que prefiere ser tratade como elle o que lo especifique en sus redes, pues oye, me chocará, pero tiene sentido porque es su guerra, es algo que le afecta directamente. Y a mí como hablante me costará la misma vida tratarle como elle si su apariencia es la de un hombre o mujer normativo, pero me aguantaré y haré el esfuerzo, porque me gusta respetar a las personas.

Pero es responsabilidad de la persona indicarlo. Igual que es mi responsabilidad indicar que tengo una deficiencia visual para que los demás lo tengan en consideración.

La propuesta (centrándome ahora en el uso de -e) está sobre la mesa. Y tiene aceptación entre los colectivos afectados. Por más que ciertos académicos renieguen de este tipo de lenguaje inclusivo, lo cierto es que hay una demanda cada vez más importante de su uso. Si el lenguaje da las herramientas necesarias para reducir esa disforia de género que afecta a ciertas personas, lo que me resulta más responsable es usar esa herramienta que se propone.

¿Quiere decir esto que debería usarse por defecto -e para no discriminar a nadie? No. Nada más lejos. Porque el resto de la sociedad, binaria en su mayoría, no es responsable de que existan grupos que no se identifican con los géneros gramaticales preestablecidos. Es responsable de aceptarlas y respetarlas. Pero no debemos esperar que el grueso de la sociedad use un lenguaje con el que no se siente identificado, abrazando una lucha que no le es propia.

Algunos pueden argumentar que el lenguaje se construyó bajo una sociedad heteropatriarcal donde no se tenía en cuenta otras identidades sexuales. Yo replicaré que las ciudades se construyeron sin tener en cuenta la discapacidad. Y las ciudades son bastante más recientes (en muchos casos) que el idioma español.

¿Tenemos que cambiar todas las ciudades o todo el idioma? Algunos responderán que sí. Yo creo que no, por la razón antes indicada: no es operativo.

Si una persona necesita que yo use la -e, la usaré. Si yo necesito que un semáforo sea más accesible, lo pediré.

Sin ir más lejos, no entiendo por qué no se coloca algo tan simple (en apariencia) como una línea de luces en los semáforos que indique al peatón si puede pasar o no, que haya que fijarse en una luz diminuta y lejana. De hecho, ese semáforo existe en algunos lugares, pero se vende como semáforo para las personas que cruzan mirando el móvil.

¿Voy a patalear por ello en redes, diciendo que mi ayuntamiento es una vergüenza porque no tiene en cuenta mi problema de visión? Muy posiblemente lograría muchos me gusta, pero el problema seguiría estando ahí.

¿Cómo se soluciona ese problema? Yendo al ayuntamiento y exponiendo mi queja en los cauces adecuados. También en redes, por qué no, si la institución tiene cuenta en ellas. Pero desde luego el enfoque debe ser productivo y no destructivo, como aprecio en multitud de estos colectivos.

Conclusión

Insisto: quizá estoy haciendo una equiparación injusta y perversa. Pero llevo con esta idea en la cabeza varías semanas y para mí tiene todo el sentido.

Cada uno tiene que lidiar con sus problemas, y hay que educar a las nuevas generaciones en el respeto. No quedarse mirando a esa persona que va en silla de ruedas. No quedarse mirando a esa persona que se acerca el móvil a la cara. No quedarse mirando a esa mujer que en realidad es un hombre (o lo que sea). Respetar sus necesidades cuando manifieste su diversidad, sea del tipo que sea.

Lo que me parece realmente perverso, más que esta comparación, es siquiera plantear la idea de que la sociedad más deseable es aquella que da por supuesto que cada individuo tiene una peculiaridad a la que atender y que responsabiliza al resto si esa peculiaridad no es atendida.

Yo no quiero una sociedad así, una sociedad victimizada e infantil, donde los individuos prefieren culpabilizar en lugar de asumir roles. Yo quiero una sociedad basada en la aceptación y el respeto a las diferencias, un camino que se perdió hace décadas y que no tiene pinta de regresar.

Como nota final y por si hiciera falta resaltarlo (que sí hace falta), destacar que ese respeto también aplica a la mujer. Yo alucino con la cantidad de babosos con los que tienen que lidiar las mujeres, hombres que las ven como un mero objeto sexual. Ocurre. Y mucho más de lo que otros colectivos imaginan.

Desde hace una década tenemos el foco tan puesto en las minorías que nos olvidamos de que el grueso de la sociedad es (permitidme la palabra) normal. Gente que es justo lo que aparenta en cuanto a la identidad sexual y sin diversidad de ningún tipo. Y yo lo que veo es que esta fijación en minorías está siendo el caldo de cultivo perfecto para que vuelva a proliferar el sexismo, el racismo y la homofobia que se aprecia de una forma cada vez más clara en nuestras calles.

Hay que tener debates, argumentar, educar. Y eso se logra atendiendo también a esa «gente normal» y en un clima mesurado, exento del extremismo social que vivimos en la actualidad.

Espero comentarios

Quizá algunos lectores piensen que «me la cojo con papel de fumar» y que me he vuelto un progre insoportable por siquiera plantearme este tipo de cuestiones, porque todo lenguaje inclusivo es inadmisible y ya está, sin más consideración. Sin embargo, me parecía oportuno plantear esta cuestión en una entrada de blog, alejada de los mensajes incendiarios de las redes sociales.

Aunque pienso que he seguido un hilo argumental bastante lógico, puede que haya incurrido en alguna falacia por no ser yo un gran conocedor del asunto. A lo mejor la equiparación de ambos colectivos no es válida, o he mezclado temas. Si algún lector (el masculino genérico es intencionado aquí) piensa de esta forma, estaré encantado de establecer un sano debate en los comentarios. No es la primera vez que mis lectores me hacen cambiar de opinión o me ayuden a matizar mis pensamientos.


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