Me queda mucho por hacer

Esta entrada no pretende ser más que otra reflexión en voz alta sobre la profesión docente a partir de dos mensajes lanzados en redes sociales. No tienen, ni pretenden tener, orden ni concierto más allá de expresar lo que tengo en la cabeza ahora mismo.

Me siento tremendamente bien cuando termino una rúbrica, una propuesta de trabajo, unos apuntes o cualquier recurso para mis alumnos. Creo que en cuatro cursos he acumulado muchas estrategias y experiencia. Si ahora creo que me falta mucho por hacer, al recordar a mi yo de cuando empezó… ahora creo que estaba en pañales.

La profesión docente tiene mucho de eso: empezar sin estar demasiado seguro de qué es esto, darte de bruces con la realidad y aprender, aprender siempre, con cada grupo, con cada curso, a cada momento. El máster es una mera introducción; la oposición, un sistema de criba; pero hasta que no se llega al aula uno no sabe realmente qué es esto.

También me planteo que en la profesión docente siempre hay algo para hacer y mejorar. Si me paro a pensar tan solo un poco se me ocurre: leer más obras de las que explico en literatura, ahondar en la gramática, buscar más recursos complementarios en línea, hacerme mis propios apuntes y esquemas de muchos temas… Todo esto, claro, sin parar el ritmo de las clases ni las exigencias del día a día.

Tanto es así que me pregunto cómo hay gente que se acomoda tanto en este trabajo. Hay profesores que hacen lo mínimo imprescindible, lo cual a veces no es suficiente. No me refiero a aquellos que ven el trabajo como tal y que prefieren trabajar en el centro para separar ámbitos, o que no se llevan trabajo a casa en ninguno de los sentidos: digo aquellos que cumplen con unos mínimos muy mínimos incluso dentro del centro. Los hay, pocos en mi experiencia, pero los hay.

La conclusión a la que llego es que, después de todo, me gusta mi trabajo. Ha habido épocas en las que me he planteado seriamente si he elegido bien mi camino porque en estos cuatro cursos apenas he tenido tiempo de respirar. Siempre he estado haciendo algo, con el ritmo que pudiera en cada momento, para mejorar mi práctica. Pero cuando un alumno me dice que una actividad extra le ha gustado o cuando se monta un debate interesante en clase me reafirmo: sí, merece la pena todo el esfuerzo, y es esto lo que quiero hacer.

A pesar de que hagan conmigo lo que quieren por el problema de vista, a pesar de que hay épocas en las que estoy agotado, a pesar de las horas de corrección… al final uno se queda con lo bueno. Pueden ser pequeños detalles, pero cuando ocurren compensan de sobra todo lo malo. Puede que yo sea una persona que se conforma con muy poco para ser feliz, pero si eso me permite disfrutar de este trabajo, adelante con ello.

El trimestre pasado pasé por una pequeña crisis personal. Quería más tiempo para mí y mis proyectos. Si me pongo a mirar, llevo muchos años sin parar: carrera, máster, oposiciones, trabajo… Bien es cierto que las exigencias en cada momento son diferentes, pero hay veces en los que me planteo seriamente parar. Este trimestre lo he empezado equilibrando bien ambos ámbitos… Veremos cuando lleguen los exámenes.

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