Desde que me dieron de baja por estrés en 2024, muchas de mis lecturas y reflexiones han ido en el mismo sentido. Han construido para nosotros una sociedad totalmente deshumanizada y debemos rehumanizarla.
Es como cuando te das un golpe y luego si te golpeas de nuevo es en el mismo sitio, o como cuando aprendes una palabra y luego no dejas de escucharla en todas partes. Cuando se ve el problema global, este sistema deshumanizado, se le ven raíces muy profundas hasta a los problemas que parecen más sencillos.
Aclaraciones previas
En primer lugar, esto son solo ideas lanzadas al aire, a vuelapluma. No busco hacer ningún tipo de análisis en profundidad sino tan solo reflejar unas ideas que llevan acompañándome varios años. Quiero escribirlas para sacarlas de mi cabeza y tenerlas en un lugar que yo pueda enlazar cuando sea necesario.
En segundo, soy consciente de que tenemos muy poco poder a nivel individual. Somos fruto de nuestras circunstancias tanto generales como particulares.
Con este marco global presente, la impotencia individual no impide que reflexionemos sobre el momento y actuar lo poco que nos dejan o, al menos, hablar en voz alta del tema para que otros también lo vean, aunque duela.
No trato ningún concepto político estricto, pero este texto lo escribo desde una perspectiva de izquierdas. La conciencia de clase como trabajador y la búsqueda del progreso desde el apoyo mutuo son las ideas básicas que subyacen a todo.
Hablo específicamente de España, el país donde vivo, pero todo lo que planteo es aplicable a nuestro mundo occidental.
Entiendo «humanismo» como poner en el centro a las personas, al ser humano como colectivo. Seguro que gente más lista que yo ya ha tratado este asunto con mucha más profundidad y le ha puesto un nombre mejor. Sé que mezclo muchos conceptos o corrientes de pensamiento. Yo lo englobo todo bajo este paraguas, humanismo. Porque yo lo valgo.
Marco global: un sistema deshumanizado
Hay muchas personas sin acceso a una vivienda cuyo sueldo no le da para una buena compra, o en espera para una operación. Se nos va la vida en el camino al trabajo o en el propio trabajo, al que le dedicamos tiempo que quitamos a nuestros cercanos y a nosotros mismos. Vivimos en lugares rodeados de personas sin ningún arraigo, si acaso nosotros mismos lo tenemos. La tecnología nos aleja en lugar de acercarnos y nos reclaman un tiempo y una atención que no dedicamos al bienestar propio o de otros. No nos dejan tiempo ni para cocinar ni para cuidarnos.
Dado que el sistema es el que es y el dinero lo tiene quien lo tiene, las ideas contrarias a todo esto son más inaccesibles que las individualistas. Plantean que, si te sientes mal, el problema es tuyo (si estás triste, ¡no estés triste!) en lugar de buscar causas más profundas y buscar soluciones colectivas.
Es difícil conocer asociaciones o entidades que divulguen el apoyo mutuo, el sindicalismo o cualquier idea de colaboración entre personas cuando es la colaboración lo que nos ha permitido avanzar como sociedad, aunque en los libros se estudie solo a grandes figuras. El éxito nunca es individual, aunque nos vendan lo contrario.
No puedes y no debes resolver todos tus problemas en solitario. Si te atrapan en un trabajo horrible, quizá con un buen sindicato que te respalde podrías mejorar tus condiciones. Vivirías mucho mejor en barrios con tus necesidades básicas bien cubiertas y con personas que conoces a tu alrededor, en lugar de pisos turísticos o una vecindad que cambia a cada rato y que no le importa nada la comunidad en la que vive.
Insisto en que nada de este análisis es original. Muchas personas han reflexionado en esta dirección durante los últimos años. Yo lo he visto en vídeos y en redes, pero estoy seguro de que hay teóricos que hablaron de estas cuestiones hace décadas o más de un siglo.
Necesidades mínimas
Alimentación, vivienda, sanidad y educación son necesidades básicas que deberían cubrirse de manera universal y pública. Punto.
No puede ser que nos vendan bollería a un euro y productos malsanos mucho más baratos que fruta, verdura, huevos y aceite de oliva, y que las cadenas de supermercados solo anuncien beneficios récord año tras año mientras hay familias que no tienen qué llevarse a la boca, o que necesitan dos sueldos para malvivir. No puede ser que la educación en nutrición sea un lujo porque toda la sociedad empuja a lo malsano mientras impone cánones estéticos imposibles.
No puede ser que haya personas y entidades con muchas viviendas mientras otras pagan un dineral por una habitación en un piso compartido o por una vivienda en malas condiciones con un precio tal que no les llega para la comida. No puede ser que se hable de ocupas o inquiocupas, dos conceptos totalmente desvirtuados y destinados a que odiemos a nuestro vecino, en lugar de la cantidad de desahucios o de personas que se ven obligadas a irse de su casa por los precios abusivos. Al final, poner una casa en alquiler significa, a brocha gorda, ganar dinero sin hacer nada.
No puede ser que se deriven pacientes a la sanidad privada y que la pública tenga listas de espera interminables mientras los médicos pasan por unas condiciones insoportables solo por cuidar a los demás. Todo el mundo necesita sanidad, más conforme pasan los años. La salud no debería suponer la ruina de una persona millonaria, como ocurre en países sin sanidad pública, y ese es el camino que buscan algunos dirigentes, o esa es la impresión que dejan sus acciones.
No puede ser que ciertos colegios e institutos se hayan convertido en guetos donde solo van los hijos de inmigrantes o familias que no pueden permitirse uno privado o concertado. No puede ser que el profesorado esté asfixiado por una burocracia absurda y por sobrecarga de alumnado cuando lo que se necesita son más espacios y más trabajadores para cuidar y educar bien a la infancia. No puede ser que los privados y concertados tengan una ideología clara, hinchen notas y pidan dinero a espuertas mientras todas las miradas están puestas en una pública asfixiada.
Estas cuatro son necesidades mínimas. Básicas. Y cualquier país que se llame civilizado debería garantizar que toda su ciudadanía tengan acceso a ellas. Toda, sin excepción. Y si no ocurre es por lo de siempre: puro negocio. Si se puede ganar dinero con algo, allá que van los ricos y poderosos a meter la mano.
Ni siquiera voy a entrar en la renta básica universal, que cada vez me parece menos locura. Pero al menos estas cuatro necesidades deberían estar cubiertas para todo el mundo, sin más.
La relación con el trabajo
El trabajo representa un gran problema en nuestra sociedad, y en muchos sentidos. Pero el mensaje que más se repite es el de la productividad: trabaja más, trabaja mejor, y así conseguirás un puesto mejor. Qué inocencia más tramposa.
Primero, el acceso. Cada vez se exige más currículum, más títulos, más experiencia que nadie te ofrece. Hace años se pedía un nivel B1 de inglés para acceder a ciertos puestos y cursos de habilitación, pero ya se subió a B2. En otros puestos te dicen que tienes demasiados estudios. ¿En qué quedamos?
Segundo, el camino físico hasta el puesto de trabajo. Muchas personas deben cambiar de municipio, provincia o incluso comunidad autónoma por trabajar. Sentirse unido a un sitio diferente es mucho más complicado. Pero incluso si el trabajo está accesible en coche o transporte público, se dedica mucho tiempo en ir y volver, tiempo que no se destina a actividades más agradables. Si hiciéramos el cálculo del tiempo dedicado a ir y volver al trabajo, estoy seguro de que nos asustaríamos.
Y luego tenemos el trabajo en sí. Los hay puramente físicos, que suponen un riesgo real en el día a día o a largo plazo. Los hay más intelectuales que te acompañan incluso tras la hora de salida. Le dedicamos cuarenta horas semanales o más, según el caso. Normalmente, más, con horas extra mal pagadas o no remuneradas. No quiero pensar cómo estará la salud mental en países donde se trabaja, por ley, más de esas cuarenta horas.
Pero tú trabaja más, trabaja mejor, sé más productivo, pregúntale a tu jefe qué necesita, que así conseguirás un puesto mejor. Seguro que ocurre eso, que te asciendan o que heredes la empresa, en lugar de convertirte en el perrito faldero del jefe, que te llame para todo incluso en momentos en los que no debería llamarte. Y seguro que tu jefe no se decepciona la primera vez que le digas que no a algo. Porque todos los jefes son así: magnánimos y respetuosos con las condiciones y la conciliación de sus empleados.
El teletrabajo suponía una oportunidad para que las personas volvieran a los sitios donde se criaron, para que las ciudades se descongestionaran un poco, para que los pueblos pequeños recuperaran habitantes. Pero es más importante que tu jefe vea que trabajas las ocho horas. Trabaja más, trabaja mejor, que heredarás la empresa.
La reducción de jornada a treinta y cinco horas o la semana laboral de cuatro días son vistas por los de siempre como propuestas alocadas que llevarían a la ruina del país cuando hay experiencias que indican todo lo contrario. Trabajadores con más tiempo de ocio permiten que el sistema de sostenga porque salen y compran más. Increíble, ¿verdad?
El trabajo condiciona nuestra vida, y los ciudadanos solo podemos presionar para que esto cambie desde arriba, o rezar para dar con un sindicato en condiciones. Que mueran varios trabajadores al día es un dato al que no se le da la mínima importancia en el debate social.
Está claro que no podemos seguir así. Está claro que en algún momento tenemos que decir basta. El objetivo de las empresas no puede ser solo ganar dinero a costa de lo que sea. Existe el modelo de cooperativa, o ganar lo suficiente para mantenerse. Pero este sistema prefiere ser una trituradora de carne y mentes antes que cuidar a sus trabajadores.
Por cierto, los accidentes laborales solo ocurren a trabajadores. ¿Arriesgan tanto los empresarios como para jugarse la vida?
Ciudades incómodas
Las ciudades no son amables con sus propios ciudadanos. Para muchos ayuntamientos parece que solo existe el centro y todo lo demás está tremendamente descuidado (en mi municipio hay socavones más viejos que yo). Hay locales con terrazas que ocupan toda la acera, sin considerar personas con dificultades de movilidad. El coche es la prioridad absoluta: se ven carriles bici incompletos, inconexos, o aceras sin rampa. Muchos semáforos sin señal sonora para invidentes. El transporte público, si lo hay, suele estar anticuado, con una oferta deficiente e infrafinanciado.
Hace muchos años leí alguna reflexión sobre este tema y no le di importancia, pero en realidad el urbanismo condiciona toda nuestra vida. Yo, con mis problemas de vista, lo paso muy mal en los semáforos. Aunque tengo recursos, aunque no me guste llamarme víctima, esta inseguridad ante los semáforos viene por el hecho de que el coche es más importante que yo, peatón. Las ciudades están construidas así, y no pasa nada por decirlo.
Hay días en los que arriesgo mi vida varias veces en los diez minutos que tengo hasta llegar a mi puesto de trabajo, tan solo por la necesidad de cruzar cuatro pasos de peatones. Ni siquiera tienen semáforo. Pero es tan habitual que los conductores se los salten o los crucen a toda pastilla, estando yo esperando, que más de una vez he respirado aliviado cuando he llegado a mi destino.
Por desgracia, este es otro asunto en el que los ciudadanos tenemos muy poco poder. Quejarnos, enviar las reclamaciones al ayuntamiento y rezar para que nos escuchen.
Cuando se proponen modelos como la ciudad de los quince minutos, en el que todo esté accesible en un paseo de esa duración, muchos lo consideran una locura. Pero no debería serlo. Las ciudades deberían ser mucho más amables con sus ciudadanos.
El ocio y la cultura no son lujos
En los dosmiles todo el mundo pirateaba películas, series, música, videojuegos. La industria cultural reaccionó a eso con servicios de streaming y ofertas espectaculares para que tuviéramos un acceso más fácil. Nos acostumbraron a meter nuestra tarjeta de crédito en todas partes. Ese fue el paso previo a una subida de precios de locura.
A día de hoy es inviable tener todas las plataformas de streaming para acceder al arte que nos gusta, y en videojuegos ya se ha normalizado pagar noventa euros por títulos de salida.
Los artistas no están contentos con esta situación y los usuarios nos vemos obligados a hacer grandes esfuerzos, dedicar tiempo y dinero, si queremos acceder a la cultura de otra forma.
Esto, claro, si la vida nos da tiempo libre que dedicar a estas aficiones.
El sistema debería darnos más lugar para el ocio y deberíamos tener más espacios habilitados para compartir ese tiempo sin necesidad de pagar. Las bibliotecas son lugares preciosos que no valoramos lo suficiente y son el mejor ejemplo de esto.
El ocio no es solo una necesidad humana, para socializar y para descansar. También es una necesidad del propio sistema. Si no tenemos tiempo para dedicarlo a ocio ni podemos acceder al arte que nos gusta, ¿qué pasará con todas esas empresas y artistas?
Tecnología deshumanizante
Hemos vivido un cambio tecnológico impresionante, siempre guiados por el optimismo. Sin embargo, diría que no veremos avances con un impacto real en la vida de las personas durante un buen tiempo. Debemos pausar y aprender cómo convivir con la tecnología que ya tenemos.
Los últimos avances son soluciones en busca de problemas. Realidad aumentada, realidad virtual, criptomonedas y NFT, incluso la IA generativa. Salvo esta última, que aún sigue en boga, todas las demás se han quedado en nichos concretos y no fueron la revolución que nos vendían.
La tecnología se plantea también como una alternativa al problema del ocio. ¿No tienes acceso a videojuegos, cine o series? Toma, aquí tienes este algoritmo que te recomienda vídeos cortos durante horas para que gane dinero quien creó dicho algoritmo y las personas que hacen vídeos virales. Tu salud mental y la capacidad de atención que has perdido por dedicarle tanto tiempo no importan nada.
De nuevo, convivir con la tecnología y habitar internet de una manera más lenta, más humana, requiere un tiempo y un esfuerzo que muchas personas no están dispuestas a dedicarle. Pero es un tiempo y un esfuerzo necesario y beneficioso.
Hay que hablar aún más de redes sociales descentralizadas, blogs personales, lectores RSS, espacio Gemini y todo aquello que nos permita controlar nuestros aparatos, que estas ideas lleguen a más gente. La soberanía tecnológica también es soberanía.
Nuestro cuidado y nuestras decisiones importan
Si trabajas más y trabajas mejor tendrás tiempo de calidad, porque en tu tiempo de ocio también tienes que ser productivo. Dedícalo a un proyecto personal que puedas monetizar con el tiempo.
Rascarte la barriga no es opción, y quizá debería serlo un poquito más. Las personas necesitamos descanso sin más.
Pero este apartado va más allá de eso y es donde podemos actuar, aunque sea un poquito, si todo lo demás nos lo permite y siempre con la idea presente de que el sistema nos lo pone muy difícil. Las opciones más éticas o más saludables nunca son las más fáciles o accesibles.
Todo el mundo sabe qué es comer bien. Mucha verdura, carne de buena calidad si se toma, minimizar los ultraprocesados y el alcohol, etcétera. Si tenemos tiempo para cocinar, controlando los ingredientes, mejor que mejor.
La ropa está muy barata. Es más barato vestirse que comer. Podemos reaprovechar prendas de otras personas, remendar lo que se nos rompe y huir de tiendas y marcas con prácticas poco éticas. Que ese pantalón te dure muchísimo es una victoria para ti.
Dentro de esto, yo soy un enamorado del calzado minimalista, pero entiendo que no es para todo el mundo. Que nuestros pies estén más en contacto con la tierra tiene muchos más beneficios de los que pueda parecer con la frase rimbomante y cursi.
El ejercicio de fuerza resulta fundamental para mantener nuestra salud. Se pueden hacer muchos ejercicio en casa con un equipamiento mínimo, pero es muy difícil encontrar buen asesoramiento. Otro reto más.
También es bueno dedicar tiempo a nuestra estética y cuidado. Maquillaje, afeitado, combinaciones de ropa. Vernos bien, más allá de la estética vacía, hace que estemos mejor con nosotros mismos. Y si podemos optar a productos éticos en cualquier sentido ya sería lo máximo.
Tenemos el poder de cambiar el mundo en nuestra cartera. En qué destinamos nuestro dinero influye en la dirección que toman esas empresas solo preocupadas por aumentar beneficios.
La responsabilidad individual tampoco debe aplastarnos: llegamos a donde llegamos y ser consecuentes con todos los aspectos de nuestra vida es muy difícil o imposible. Pero algo es mejor que nada.
El autocuidado pasa también por ir al psicólogo con la misma facilidad con la que vamos al médico cuando nos acatarramos. No es ninguna derrota, no es ninguna deshonra. Si tenemos acceso a un buen profesional (cosa difícil), mejor invertir dinero en nuestra salud mental que en muchos otros ámbitos.
Eso sí: es importante no convertir todo esto en una lista de tareas que nos añada aún más agobio. Insisto: no olvidemos nunca que el sistema nos lo pone muy difícil de por sí. A veces, sobrevivir un día más del mejor modo que podamos ya es suficiente, y los mensajes que nos dicen «tan solo necesitas diez minutos al día», en realidad no nos hacen ningún favor.
Cuidar a los demás
Todo esto tiene un fin último. Colaborar entre todos y cuidarnos, a nosotros mismos y a los demás.
Un sistema que garantice vivienda, comida, sanidad y educación cuida a las personas. Los trabajos con buenas condiciones cuidan a las personas. Unas ciudades amables cuidan a las personas. Tener acceso al ocio y usar la tecnología de manera responsable son parte de ese cuidado. Todo esto nos daría mucho más espacio para escuchar a los demás y establecer relaciones. Sería un gran remedio contra la epidemia de soledad que vivimos.
Para alcanzar esto debemos lograr el cambio más importante, más necesario y más difícil. No ver a los demás como enemigos. Respetar sus derechos y considerarlos como iguales, sin importar sexo, género, etnia o cualquier otra condición.
Cuidar no debería hacerse a pesar de todo, sino que todo debería orientarse al cuidado, propio y ajeno. Que no tengamos espacio para escuchar ni escucharnos es el mayor síntoma de la enfermedad de nuestro tiempo. Estamos en la sociedad de la prisa y de la soledad: cambiar eso, aunque sea un poquito, ya es una victoria.
Conclusión
En este sistema, quien tiene el dinero tiene el poder. Pero nosotros somos más. Si reaccionamos, si actuamos para que dejen de mirarse el ombligo y nos miren más a nosotros, ya habremos ganado algo. Aunque sea un poquito.
Un castillo se empieza con un ladrillo.
Casi todo lo comentado en esta entrada no está en nuestra mano a nivel individual. Pero podemos hablar, podemos reflexionar y podemos actuar. Podemos organizarnos para cambiar la situación, por poco que sea. Insisto: sin perder de vista el punto en el que estamos y sin convertirlo en una lista de tareas.
Que nadie nos quite el optimismo, que nadie nos quite el idealismo, porque son los motores que mueven el mundo.
Quizá me gustan las batallas perdidas, pero las batallas dejan de perderse cuando se gana el primer combate. Y yo estoy dispuesto a seguir en liza, aunque lo único que pueda hacer es hablar y escribir sobre ello, porque este sistema me atropella también a mí y no tengo mucho espacio para hacer más.
Deja una respuesta