El placer sencillo de ir a la playa

Esta mañana me he levantado temprano. He escrito unas cuantas entradas para el blog, he bajado a hacer algunos recados, y después de almorzar hemos ido a la playa. Y lo he disfrutado muchísimo.

En los últimos años no estoy yendo mucho a la playa. Quedo con este, con aquél, hago tareas pendientes no relacionadas con el trabajo, y al final la playa la piso cinco o seis veces.

No es malo: nadie dice que haya que ir a la playa para disfrutar del verano, aunque algunos pensarán que es delito no aprovecharla teniéndola al lado. Realmente hago mal porque ir a la playa viene bien para el asma, las alergias y todo el puesto de chucherías que llevo encima. También influye que para ir a la playa de improviso yo tengo que estar muy, muy acalorado, y este verano hasta ahora no lo he estado.

Hemos ido a una playa virgen de por aquí cerca, de esas tan apartadas que ni cobertura tienen. Pocas olas, el agua perfecta. Me he puesto como me pongo siempre: en modo pato, a dar volteretas, hacer el pino, zambullirme… incluso he llegado a inventarme una historieta para justificar todo esto.

Mi madre siempre ha contado que conmigo no tenía problema para situarme en la playa, porque era el niño que más se movía en el agua.

Hoy he ido a la playa y he disfrutado de no tener obligaciones para mañana, del roce del sol y del agua salada en mi piel y de la compañía de la persona a la que quiero. Me he sentido tremendamente feliz.

Y he querido escribirlo.

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