La brecha cultural entre docentes y alumnos

Hace poco muchos de los alumnos del instituto donde trabajo decían que estaban «burlaos» o hacían alusión a «los burlaos». No pregunté a mis compañeros más veteranos, pero estoy seguro que más de uno, si los alumnos mencionaron esto delante de ellos, no entendieron la referencia.

Esa moda de decir que todo estaba «burlao» vino por un «youtuber» muy conocido en España que analizó un vídeo donde aparecía la palabrita. El youtuber popularizó la expresión.

¿Por qué supongo que mis compañeros más veteranos no entendieron la referencia? Por una razón muy simple: YouTube, o más específicamente los youtubers, es el ámbito de los alumnos. El portal de vídeos es considerado como una herramienta de trabajo más, pero dudo que sea una fuente de divertimento. No veo a muchos de mis compañeros indagando entre los vídeos populares en YouTube España, por lo que no conocen los nombres que a los alumnos les resultan más que habituales.

Este es tan solo uno de los muchos ejemplos que podría poner. Mis alumnos casi literalmente alucinan cuando les digo que juego a la consola o que conozco los animes que ven o, al menos, que muchos nombres me suenan. Esta cercanía con el ámbito cultural de mis alumnos me permite una gran cercanía con ellos, una cercanía que creo difícilmente alcanzable de otro modo.

Muchos compañeros se escandalizan o se extrañan cuando los alumnos les dicen que tal o cual clásico de la literatura española les resulta muy aburrido. Muchos docentes echan la culpa a los alumnos, algo por desgracia muy habitual (un pecado en el que yo también incurro), pero muchos no alcanzan a comprender que, si un alumno lee, tiene el foco puesto en un tipo de literatura muchas veces desterrado de los centros escolares: la literatura juvenil; una literatura que, por otra parte, puede ser la puerta de acceso a lecturas más complejas, incluso a los clásicos.

Me resulta muy difícil creer que un alumno no tiene el más mínimo interés en el mundo que le rodea. Ni en música, ni en cine, ni en videojuegos, ni en frivolidades de cualquier índole.

Soy de la opinión de que cualquier frivolidad puede ser un recurso de clase, bien para un debate, bien para usarlo de cualquier otro modo. Estamos maniatados por el plomo del curriculum, que nos obliga a enseñar contenidos que el alumno considera irrelevantes y, en cierto modo, está bien que sea así (hay habilidades necesarias aunque al alumno no le guste su aprendizaje), pero nadie nos impide acercar ese contenido a un ámbito más cercano para ellos. O al menos intentarlo.

Los docentes tienen una sobrecarga de trabajo abrumadora actualmente y no voy a ser yo el listo que les ponga aún más tarea (¡reciclaos, leed literatura juvenil, jugad a la consola, ved horas y horas de vídeos chorra en YouTube!), pero en ocasiones no puedo evitar pensar que no podemos enseñar a un alumno del siglo XXI si no comprendemos mínimamente su forma de pensar y su ambiente cultural, aunque a primera vista pueda parecer cualquier cosa menos cultural.

Baste ver que en muchos centros está totalmente prohibido el teléfono móvil aun cuando un profesor concreto permita usarlo en su clase.

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