Desde agosto de 2025 vuelvo a afeitarme, y en esta entrada me apetece divagar sobre el tema.
Cuando me dejé barba
Terminar la carrera de Filología Hispánica hizo que me replanteara bastantes aspectos de mi vida. No recuerdo si fue al final de ese curso o durante el transcurso del siguiente durante el Máster de Profesorado, pero estoy seguro de que fue por entonces cuando decidí dejarme barba. Sería 2012 o 2013.
Lo del cambio de etapa vital lo reflexioné después. La razón para dejarme barba fue mucho más simple por entonces.
Tenía cara de niño.
Cuando empezara a trabajar como profesor de Lengua y Literatura (cosa que ocurrió en septiembre de 2014) no podía ir a clase con mi cara de niño. Bastante tenía yo con mi síndrome del impostor y la inseguridad de los primeros años de trabajo como para tener aún menos presencia por mis facciones.
Así que me dejé barba. Además de disimular un poco mi rostro aniñado, también me quité del afeitado, que en aquellos años de estrés desmedido (mucho más que el actual, que ya es decir) era una ventaja añadida.
Siempre la tenía medianamente corta, nunca la dejé crecer mucho más allá de dos semanas. Si ocurría era porque la vida se me ponía por delante y las ganas no daban ni para repasar la barba. Cuando comenzó a unirse con el cuello, me aseguraba de que tal cosa no ocurriera y semanalmente la repasaba para perfilarla un mínimo o recortar el bigote.
Con esto quiero decir que nunca me consideré un barbudo desaliñado: aunque no la perfilara perfectamente, procuraba cuidarla un mínimo.
Cuando decidí quitarme la barba
Además de otros cambios en mi vida, como la mudanza, este verano me dieron un destino definitivo a diez minutos de casa. Eso abría posibilidades en mi día a día que hasta entonces no había contemplado. Era un cambio grande.
Por otro lado, había leído varios artículos sobre la importancia de la imagen personal, no desde la estética vacía sino desde el autocuidado. Verse bien también influye en el estado de ánimo.
Si me dejé la barba por los cambios que había experimentado en mi vida, por un cambio de fase vital, ¿por qué no renunciar a ella ahora que empezaba otra? ¿Por qué no dedicar un tiempo al afeitado, a verme bien? ¿Sería capaz de arañar el tiempo del afeitado para cuidarme?
Además, habían pasado bastantes años, he perdido peso y tengo mis buenas entradas. Digo yo que la cara de niño ya no será tal.
Todo esta reflexión también vino a posteriori. En su momento solo se cruzó en mi mente el pensamiento de «¿y si me afeito?».
Y allá que fui.
Me gustó, decidí mantenerlo y llegó esta justificación. Quise darle un significado mayor a ese pequeño gesto.
Un hombre aseado es el que se afeita
Un pequeño inciso porque me hace gracia recordar a un amigo al que no le gustan nada las barbas. Tiene esta visión de que un hombre limpio es el que se afeita. La barba es de guarros, de dejados. Cuando le dije que volvía a afeitarme, su reacción fue un sincero «hombre, por fin».
Por suerte, primero por ser hombre y después por mi entorno, no estoy sujeto a presión estética de ningún tipo. De hecho, cada vez tengo menos apuro en ir a clase en pantalón corto si es necesario, por ejemplo. Llevar o no la barba es una decisión completamente personal, sin más implicación.
De vuelta al afeitado
En casa tenía, desde hace años, un par de maquinillas Gillette con algunas cuchillas de repuesto. Eran maquinillas de bastante calidad, con varias hojas (entre tres y cinco) y su banda de aloe vera. Compré un gel de afeitar en un supermercado y me puse al lío.
Pronto me di cuenta de que aquello no era para mí. Acababa con la piel muy irritada y tenía que dar muchas pasadas para apurar. Puede que no supiera lo que sé ahora mismo de afeitado y quizá no lo hice del todo bien, pero he leído experiencias en la misma línea.
Además, he llegado a varios lugares que desaconsejan este tipo de maquinilla. Para la piel no es recomendable usar tantas hojas, con una o dos sobra. Además, es paradójico que cuenten con esa banda de aloe vera: primero te destroza la cara pero luego hace como que te cura.
Comentando el tema en el fediverso, alguien me habló del afeitado clásico o tradicional y me recomendó un sitio donde comprar productos. Ese sería el siguiente paso.
Afeitado clásico
Este nombre tan rimbombante se refiere a la forma de afeitarse que tenían nuestros abuelos. Maquinillas a las que había que meterles una cuchilla de doble hoja, o directamente una navaja. Brocha, jabón y cuchilla.
Por mi problema de vista y por mi naturaleza cobarde, opté por una maquinilla con sistema mariposa para abrir el cabezal con una rosca en la base del mango. Pensaba que sería más sencillo para mí no andar mirando cómo montar la maquinilla de nuevo, y también me ayudaría a colocar bien la cuchilla. Con lo primero no me equivoqué, lo segundo no lo sé porque no he probado otro sistema. Además, manipular la cuchilla no es tan peligroso como yo pensaba a poco que se ponga un mínimo de cuidado.
Aparte de maquinilla y cuchillas también me hice con una brocha y un jabón de afeitar. Todo salvo la maquinilla, que la cambié, venía en un paquete que ofrecía la tienda pensado para principiantes y pieles sensibles. Venían veinte cuchillas de dos marcas diferentes, para probar. No compré aftershave porque aún me quedaba el del supermercado.
La experiencia me gustó muchísimo más. Requiere algo más de tiempo para hacer el jabón, pero no irrita tanto al ser tan solo una cuchilla.
Una dificultad…
Este afeitado no puede hacerse rápido. Las tareas mecánicas las suelo hacer sin prestar demasiada atención, lo cual ha provocado que termine el afeitado con cortes, especialmente en la nariz pero no solo. Al final se trata de una cuchilla bien afilada.
…y varias dudas
En primer lugar, ¿cuánto afeitarse? La barba la revisaba una vez por semana pero no la recortaba cada vez. Si iba a afeitarme la frecuencia debía ser mucho mayor pero, ¿cuánta? ¿Diaria, cada dos días?
Tras leer un poco sobre las implicaciones del afeitado en la piel y dada mi naturaleza perezosa, decidí que me afeitaría los lunes, miércoles y viernes. Los fines de semana serían para descansar la piel salvo que tuviera algún evento importante (cosa que aún no ha ocurrido). La pelusilla tras dos días sin afeitar aún me parece aceptable.
En segundo, ¿cuántas pasadas hay que darse? Al buscar por internet leí diferentes opciones. La más típica es hacer una en la dirección del crecimiento del pelo y otra en la contraria, a contrapelo para mayor apurado. Una opción intermedia es hacer una a favor de pelo y otra en diagonal para mayor apurado sin irritar tanto la piel.
Esta segunda opción es por la que yo opté hasta que tuve una conversación con mi peluquero. Poco más o menos me dijo que no merece la pena apurar tanto cuando el pelo va a salir igual y me afeitaría al día siguiente o al otro. Una única pasada es más que suficiente.
Por último, ¿cuánto dura una cuchilla? Tras preguntar, leer y probar, he llegado al número de seis afeitados. Tres de un lado, tres de otro. Procuro poner cuidado en usar siempre el mismo lado durante la semana y luego cambiar. Se nota menos efectividad en el tercer afeitado (o si me confundo y cambio de lado), pero es también una forma de no liarme. El lunes o se cambia de lado o se cambia la cuchilla.
Y así lo hago desde entonces. Afeitado los lunes, miércoles y viernes, antes de trabajar, y una única pasada. El lunes se usa el otro lado de la cuchilla o se cambia. Con práctica he conseguido que ya no me salgan granos en el cuello, el número de cortes se ha reducido considerablemente y no noto que mi piel sufra.
Y ya van seis meses
Si algo me define es que soy una persona muy variable. Cuando empecé era un capricho y no estaba seguro de cuándo me iba a durar el arranque. Pero ya van seis meses en los que he fallado muy poco en la rutina de afeitarme tres veces en semana por la mañana. Alguna vez me he afeitado el sábado, o después del trabajo, pero el hábito se mantiene.
De hecho aún me sorprendo acariciándome la cara porque me encanta la sensación y el tacto que se queda en la piel después del afeitado. Es muy agradable.
No sé cuánto tiempo más me durará el arranque, si volveré a dejarme barba por puro capricho o por otro cambio vital, o si ya esto es un hábito consolidado y me afeitaré hasta el final de los tiempos. Lo que sé es que soy capaz de sacar el rato, que ya para mí es un avance, y que me veo bien sin barba. Lo que tenga que ocurrir, con esta o cualquier otra decisión estética, ya vendrá.
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