Leer poesía

Hace relativamente poco que disfruto de la lectura de poesía. En esta entrada cuento mi acercamiento al género.

Un poco de historia

La escuela me fastidió la poesía. No se me escapa la ironía de decir esto cuando soy profesor de Lengua y Literatura, pero es así. Leer sobre todo a poetas varones clásicos y centrar dicha lectura en buscar tópicos o recursos literarios condicionó por completo mi disfrute de la lírica: siempre buscaba métrica, rima, recursos y alguna trascendencia.

Fue bien entrado en los veinte cuando me di cuenta de que esto no es así. No todo es Garcilaso, Góngora, Bécquer o Lorca. Y con estas revelación caí en la cuenta (porque no puedo decir «descubrí» ni «me llegó la iluminación») de dos realidades muy simples pero imposibles de ver por mí hasta ese momento. Si alguien está en esta situación, creo que se entenderá mejor si establezco un paralelismo con la música, otra forma de creación lírica a la que sí estamos mucho más acostumbrados en nuestro día a día.

No todos los poetas deben ser grandes poetas

Ese condicionante, el contraste entre esos grandes poemas que leía en la escuela y lo que me encontraba después, me alejaba del disfrute de la lírica.

Nada más lejos de la realidad. La poesía nace de una pulsión creativa tan hermosa como expresar una visión del mundo, propio o ajeno, a través de palabras hermosas. Prosa o verso, verso libre o rimado, da igual. Y dentro de esta pulsión hay autores espléndidos, como los clásicos, pero también muchas personas que expresan sus sentimientos sin más objetivo que compartir esa expresión.

En la música ocurre igual. No todos los grupos son (por decir) Queen o los Beattles, no todos los cantantes son Sabina. Hay muchos cantantes que triunfan y son recordados por un solo tema, o ni siquiera. ¿Que existan grandes grupos hace que ya sea imposible que aparezcan nuevos? ¿Los grandes grupos niegan la existencia a otros más pequeños? Es una idea que jamás se me pasó por la cabeza con la música. De hecho, me encanta descubrir grupos nuevos.

No todos los poemas deben ser grandes poemas

De nuevo, condicionado por la escuela, lo que leía eran grandes poemas, seleccionados por personas muy inteligentes que habrían leído mucho y se habrían quedado con lo mejorcito. Sin embargo, no todos los poemas de esas antologías me gustaban, pero debían ser buenos porque una persona muy inteligente los había seleccionado.

Luego ocurre que uno se acerca a la obra de de estos grandes autores y se encuentra muchas composiciones que, si buen tienen su valor, no llegan tanto como esos poemas típicos de la escuela o de las antologías.

Hay poemarios en los que destaco muchos poemas y otros que pasan por mis manos sin dejar la mínima huella. Y eso está bien, no pasa nada. Ni el poemario tiene que ser necesariamente malo ni yo tengo un problema como lector. La subjetividad juega un papel fundamental en la lírica, para crearla y para disfrutarla.

Con la música pasa igual. ¿Cuántos discos recuerdas que te gusten en su totalidad, todos y cada uno de sus temas? ¿Por qué no leer un poemario desde ese punto de vista?

Limitaciones e incomprensión

Mi anterior (no-)acercamiento a la poesía tenía muchos problemas, lógicamente.

Primero, me cerraba la puerta a voces que no estuvieran incluidas en el currículum típico de la escuela. Es decir, a muchísimas mujeres y a cualquier autor actual. Imaginaos mi cara cuando me cruzo con «Hombres necios que acusáis» de Sor Juana Inés de la Cruz, autora que sería nombrada muy de pasada en mis estudios (gracias, reggaeton del Siglo de Oro).

Segundo, no comprendía por qué ciertos poemas de esos grandes autores no me gustaban. ¡Si son los clásicos! ¡Qué me pasaba, que no entendía LaPoesía(TM)! Pues no pasaba nada: simplemente, no me gustaban, porque no debían gustarme o porque no era el momento de que me gustara.

Desde que me di cuenta de todo esto, de vez en cuando compro algún libro de poesía. No demasiados, principalmente porque tengo mucho por leer en prosa. Los que escribe alguien conocido, los que me pide el cuerpo cuando paso por alguna librería o cuando viajo. Y los disfruto, o no. Y marco algún poema, o no.

Mi manera de leer poesía

Me sumerjo en la lectura, siempre con un lápiz cerca y con la esperanza de que me gusten dos, cinco, diez poemas de todos los que compongan el libro, y los marco con la idea de volver a ellos en otro momento de mi vida.

He marcado bastantes poemas en estos años. No muchos, no todos, pero sí bastantes. Hay libros enteros que no me gustan nada, hay versos libres que me parecen un simple salto de línea por capricho. Y no pasa nada, está bien, porque en la lírica, como en cualquier forma de arte, ni todo es de calidad, ni tiene por qué serlo, ni todo tiene por qué gustarme. Pero ay, cuando me gusta un poema, sea «de calidad» o no según los cánones… ahí es cuando ocurre la magia del arte.

Cuando me acerco a un poema sin el sombrero de profesor, mi análisis poético se limita a si me ha gustado o no, si lo he marcado o no, sin fijarme en métrica, en rima ni en recursos literarios. Quizá en una segunda lectura sí me doy cuenta de más detalles. Pero en la primera lectura manda el corazón, no la cabeza, que es justo lo que me ocurría antes.

Conclusión

La poesía es otra manifestación cultural más y, como tal, no hay que venerarla, ni como autor ni como lector. Sí respetarla, sí ser crítico, pero no ponerla en un pedestal inalcanzable que nos aleje de creaciones quizá no tan canónicas pero que sí puedan conectar con nosotros en cierto momento.

¿Te ocurre lo que a mí y estas palabras te han animado a buscar algún libro? Házmelo saber, me encantará leerte. Si quieres un punto de partida, los libros de Sara Búho están muy bien porque alterna poemas con ilustraciones y frases escritas a mano, son libros muy bonitos. Y si te atreves con algo más, ‘La trampa del renacer’, de mi amigo Abraham Quirós, se ha convertido en uno de mis poemarios favoritos.

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