Una lectura de ‘Historia de una escalera’

Esta obra de 1949 me sorprendió muchísimo por la cantidad de temas que trata y la forma en que lo hace. En esta entrada cuento mi relación con la obra y analizo muchos de sus aspectos.

La obra y yo

Durante este curso 22-23 leí Historia de una escalera con mi alumnado de cuarto de ESO. Solía trabajar La casa de Bernarda Alba, pero como la han elegido como obra para selectividad, hice el cambio.

Ya leí la obra de Buero Vallejo hace muchos años, pero no recordaba que fuera tan buena. Cuando fui a trabajarla con mi alumnado empecé a oírla como audiolibro mientras iba al trabajo, como suelo hacer con toda la literatura últimamente, pero me gustó tantísimo lo que escuchaba que puse una representación en cuanto llegué a casa. Se pueden encontrar varias muy fácilmente y duran poco más de una hora.

No leí ningún estudio sobre la obra. Y sigo sin hacerlo. Todo lo que aparece en esta entrada es fruto de mi interpretación, lo cual no quiere decir nada más que eso. Seguramente me dejo muchas cuestiones en el tintero: estos son los aspectos que me llamaron la atención durante la lectura, sin más.

Análisis por actos

En este apartado comento varios aspectos de cada uno de los actos sin entrar en consideraciones sobre personajes o temas, que comentaré posteriormente en sus respectivos apartados. Son puntos que se limitan a sus respectivos actos.

Primer acto

Lo primero que me llamó la atención cuando empecé a leer fue el precio de la luz. Nos situaríamos en 1919 y los vecinos pagan dos, cuatro, seis pesetas. También es bastante teniendo en cuenta que se mencionan sueldos de setenta y cinco pesetas, pero teniendo en cuenta el precio que pagamos hoy en día me parece, cuanto menos, curioso.

Precisamente, el cobrador de la luz me parece un buen antecedente de uno de los principales temas de la obra. Este hombre es un trabajador, igual que todos los personajes, pero recibe el odio de los vecinos. Podemos relacionarlo con Astilleros: hubo un debate sobre si construir o no buques de guerra y el papel que tomaba el obrero en dicha situación. ¿Hacemos responsable al obrero, al cobrador de la luz, porque haya buques de guerra, porque se corte el flujo de luz?

Por último está Gregorio y la jubilación. Generosa lo cuenta dos veces con las mismas palabras exactas. Este hombre (que no tiene voz en la obra) estuvo toda su vida conduciendo un tranvía. Cuando deja de ser útil, le dan su finiquito ridículo y si te he visto, no me acuerdo.

Fernando.— Gracias, que aproveche. ¿Y el señor Gregorio?
Generosa.— Muy disgustado, hijo. Como lo retiran por la edad… Y es lo que él dice: «¿De qué sirve que un hombre se deje los huesos conduciendo un tranvía durante cincuenta años, si luego le ponen en la calle?». Y si le dieran un buen retiro… Pero es una miseria, hijo; una miseria. ¡Y a mi Pepe no hay quien lo encarrile! (Pausa.) ¡Qué vida! No sé cómo vamos a salir adelante.

Esta simple mención da para pensar en la naturaleza de la jubilación, un tema que trató Antonio Martín en Caleta, su comparsa de 180, con un pasodoble de tono similar, «Se volvió en la puerta».

Segundo acto

La sociedad egoísta de la obra queda retratada en esta simple interacción entre el señor Juan y su hija:

Señor Juan.— […] ¿Te acuerdas del de doña Asunción? Fue un entierro de primera, con caja de terciopelo…
Trini.— Dicen que lo pagó don Manuel.
Señor Juan.— Es muy posible. Aunque el entierro de don Manuel fue menos lujoso.
Trini.— Es que ése lo pagaron los hijos.
Señor Juan.— Claro.

Los hijos de don Manuel no iban a gastar el dinero de su padre en un entierro lujoso. Por supuesto que no. El dinero está mejor en el bolsillo de cada uno. Como veremos después, la vejez no se valora en esta sociedad.

El señor Juan es un personaje muy interesante que analizaré aquí porque está presente solo en este acto, pero es un ejemplo más de las masculinidades fallidas que abundan en la obra.

Este hombre tiene muy presentes sus heridas. La primera de esas heridas es su propia vejez y la muerte, que ya ha visto de cerca varias veces con sus vecinos:

Señor Juan.— ¡Callad! ¡Callad ya! ¡Me vais a matar! Sí, me moriré. ¡Me moriré, como Gregorio!

La otra herida son sus hijos. Concretamente, su hija Rosa. A pesar de que pretende ser un padre de familia rencoroso, sufre por su hija, pero su educación como hombre no le permite expresar sus sentimientos con libertad. Pretende que el honor mancillado de su casa está antes que su cariño por su hija, pero no le sale. Aunque muestra desprecio a Rosa cuando ella está presente, poco después lo vemos buscando dinero para dárselo a través de Trini.

Señor Juan.— (Entrando.) No, si lo hago por ti… ([Entra en su casa y sale con dinero.])Ahí tienes. […] Se los das, si quieres. […] Como cosa tuya, naturalmente. […] ¡Y que no se entere tu madre de esto!

Es Trini quien mantiene relación con su hermana. Las mujeres no estaban educadas para mantener ese rencor ni para ocultar sus verdaderos sentimientos por temas de honor.

Trini.— ¡Mira! (Le enseña los billetes.) ¡Toma! ¡Son para ti!
(Se los pone en la mano.)
Rosa.— (Casi llorando.) Trini, no…, no puede ser.
Trini.— Sí puede ser… Padre te quiere…
Rosa.— No me engañes, Trini. Ese dinero es tuyo.
Trini.— ¿Mío? No sé cómo. ¡Me lo dio él! ¡Ahora mismo me lo ha dado! (Rosa llora.)Escucha cómo fue. (La empuja para adentro.) Él te nombró primero. Dijo que…

Tercer acto

El tercer acto empieza con los nuevos vecinos, el señor y el joven bien vestidos. Ambos se quejan de que los antiguos inquilinos paguen menos por pisos que dan al exterior, hablan de negocios y de los nuevos automóviles.

Estos personajes, con su breve intervención, representan el avance de la sociedad, un avance donde prima el individualismo, el dinero y la tecnología.

Estos bien vestidos también representan la pérdida de la relación vecinal. Si comparamos el primero con el tercer acto, vemos que al principio los vecinos se llaman y se preocupan unos por otros. Eso aún se mantiene en parte en el segundo acto, pero aquí solo vemos a estos bien vestidos, que van a sus asuntos, y discusiones entre los antiguos vecinos.

Señor.— […] Sólo necesitaría que alguno de estos vecinos antiguos se mudase, para ocupar un exterior. Después de desinfectarlo y pintarlo, podría recibir gente. […] Además, que no hay derecho a pagar tantísimo por un interior, mientras ellos tienen los exteriores casi de balde. […] ¿Es que mi dinero vale menos que el de ellos?
Joven.— Además, que son unos indeseables.
Señor.— No me hable. Si no fuera por ellos… Porque la casa, aunque muy vieja, no está mal.
Joven.— No. Los pisos son amplios.
Señor.— Únicamente la falta de ascensor.
Joven.— Ya lo pondrán. (Pausa breve.) ¿Ha visto los nuevos modelos de automóvil?
Señor.— Son magníficos.
Joven.— ¡Magníficos! Se habrá fijado en que la carrocería es completamente…

El desprecio a la vejez y a lo viejo en general aparece poco después. Paca tiene problemas para subir las escaleras porque no hay ascensor, y su nieta da golpes a la barandilla y clama que pongan otra, sin más consideraciones.

Paca.— No des así en la barandilla. ¡La vas a romper! ¿No ves que está muy vieja?
Carmina, Hija.— Que pongan otra.
Paca.— Que pongan otra… Los jóvenes, en cuanto una cosa está vieja, sólo sabéis tirarla. ¡Pues las cosas viejas hay que conservarlas! ¿Te enteras?

Otro personaje que representa una educación machista es Manolín, que quiere ser un hombre y tampoco le sale por ser un niño. Se declara a Trini y fuma a escondidas de su familia para aparentar, incluso pide una cajetilla de tabaco, pero a la mínima se chiva de lo que hace su hermano. Él quiere crecer como uno de los hombres que está acostumbrado a ver, ese que intentaba ser el señor Juan.

Los personajes

A pesar de ser una obra muy breve, los personajes son tan complejos y universales que un lector actual puede identificar muchos aspectos de nuestra sociedad a partir de sus acciones.

Distingo aquí tres apartados: mujeres, hombres (cada uno con su propio epígrafe para hacer un análisis de su comportamiento, con cierto tinte feminista) y los hijos, que son clave en el final de la obra y tienen su propia naturaleza.

Las mujeres

Paca es la única persona que tiene algo de autoridad en la obra. Es la que dispone su casa y sus hijos, incluso determina las relaciones entre los personajes (don Juan y su hija). Sin embargo, incluso ella, con su carácter fuerte, acaba ninguneada por su nieta al final de la obra.

Otra mujer que tiene cierto poder es Elvira, que manda sobre su padre durante el primer acto. Ella consigue que le pague el recibo a doña Asunción, ella consigue que coloque a Fernando. Sin embargo, Elvira acabará muy arrepentida de su amor juvenil cuando ve que Fernando no hace nada por cambiar la situación que tanto criticaba en su juventud. No obstante, su situación es diferente en el segundo acto, cuando aparece con un hijo en común con Fernando y le recrimina su carácter. Ya no tiene poder sobre nadie, pero sí procura imponer su voluntad a lo largo del acto.

Carmina es la contraparte de Elvira. Mientras Elvira toma un papel activo para acercarse a Fernando, Carmina representa a la chica mona que se deja querer. La escena del cortejo y promesas a Carmina se repite dos veces, una con Fernando y otra con Urbano, y Carmina tan solo se deja llevar en ambas ocasiones. Sin embargo, en el tercer acto vemos que ella no es feliz con Urbano. Realmente hubiera preferido a Fernando, pero se queda con Urbano porque es bueno y porque le proporciona estabilidad económica. Esta decisión hace que su carácter se agrie en el tercer acto.

La mujer más interesante de la obra es Rosa. Al principio representa a esas chicas alegres y vivaces, a las que les gusta divertirse y estar con chicos. Le dicen que «pindonguea». Ya se sabe: un hombre que sale y liga es un campeón, pero una mujer que se muestra abierta a relaciones está mal vista.

Por otro lado, Rosa me recuerda a tantas mujeres de la ficción romántica actual, esas mujeres que se enamoran del chico malo y consigue redimirlo. En el tercer acto, Rosa nos muestra lo que nadie cuenta de esas relaciones: acaba abandonada cuando ya nadie le mira a la cara, después de pasar por maltratos y muchas lágrimas.

He dejado para el final a Trini, la mujer abocada a cuidar de la casa, porque su conclusión se relaciona con Rosa. Esta mujer está toda la obra obedeciendo órdenes de todo el mundo. que es otro papel relegado a las mujeres: el de los cuidados y las labores del hogar. Ya he citado el fragmento en el que deja claro que no ha trabajado nunca. A tal punto llega el servilismo de Trini que su última interacción es, aparte de dar una conclusión sobre las dos, obedecer dócilmente una orden de su hermana:

Trini.— Sí… Tú has sido el escándalo de la familia y yo la víctima. Tú quisiste vivir tu vida y yo me dediqué a la de los demás. Te juntaste con un hombre y yo sólo conozco el olor de los de la casa… Ya ves: al final hemos venido a fracasar de igual manera.
(Rosa la enlaza y aprieta suavemente el talle. Trini la imita. Llegan enlazadas a la puerta.)
Rosa.— (Suspirando.) Abre…
Trini.— (Suspirando.) Sí… Ahora mismo.

Los hombres

Urbano y Fernando tienen papeles antagónicos en cuanto a ideología y amores, pero el destino de los dos es exactamente el mismo: trabajar y vivir en la misma escalera mientras se odian por no haber alcanzado los sueños de la juventud, un odio que manifiestan hacia el otro pero que en realidad es hacia ellos mismos.

Los dos son, en el fondo, igual de soñadores. Urbano cree en el sindicalismo y en mejorar todos a la vez. Fernando piensa hacerlo con sus propios medios. Son tan parecidos que incluso pretenden a la misma mujer, solo triunfando Urbano porque Fernando dejó de lado a Carmina para tener estabilidad junto a Elvira. Él tampoco consigue nada con su sindicalismo, como le increpa Fernando en el tercer acto. El destino de ambos es el mismo y los sueños de ambos acaban en nada.

Urbano representa otro factor de la masculinidad tradicional. Si ya hemos visto que el señor Juan representa la represión de los sentimientos y Manolín aparenta dureza y rebeldía, Urbano quiere ser violento y tampoco le sale. Toda la obra se lleva amenazando primero a Pepe y luego a Fernando de tirarlos por la escalera. No es capaz, como le dice Fernando en el primer acto, pero un hombre es rudo y fuerte y actúa con violencia.

Fernando quiere un futuro junto a Carmina labrado con sus propios medios. Sin embargo, el individualismo manda tanto sobre él que acaba con Elvira solo por su dinero. Elvira es un modo de conseguir una estabilidad que sus ensoñaciones no le garantizaban.

La indecisión es otro rasgo característico de este personaje: cambia de mujer a la que pretende, no sabe si dar el pésame o no y no tiene confrontación hasta el final del segundo acto. Lo más cercano a esto es el desprecio que muestra hacia sus vecinos en el primer acto.

Fernando es tan indeciso con sus acciones y sus decisiones que ni siquiera prohíbe firmemente a su hijo que vea a Carmina hija, a pesar del problema que representa esto durante el tercer acto.

Con los hombres me ocurre exactamente lo mismo que con las mujeres. Si Rosa es la mujer más interesante de la obra, ocurre lo mismo con Pepe.

Pepe es el ejemplo de masculinidad tóxica. Solo se preocupa de sí mismo, es puro hedonismo. La única idea moderna que tiene (tanto hombre como mujer deben meter dinero en casa) es para empujar a Rosa a la prostitución. Es el «capullo pero guapo» que venden hoy en día muchas historias con el mito romántico de que la mujer puede cambiarlo. Es un machista en todos los sentidos, pero también falla en un aspecto en cuanto a la masculinidad: en realidad es un cobarde que amenaza con liarse a golpes con sus vecinos pero nunca lo hace.

Pepe.— (Ya en el primer rellano, mirando a Urbano de reojo.) ¡Llamarme cobarde a mí, cuando si no me enredo a golpes es por el asco que me dan! ¡Cobarde a mí! (Pausa.) ¡Peste de vecinos! Ni tienen educación, ni saben tratar a la gente, ni…

Los hijos

En este punto nos centraremos en Fernando hijo y Carmina hija, puesto que de Manolín ya hablé brevemente en el análisis del tercer acto.

Los jóvenes Carmina y Fernando son el fiel reflejo de sus padres.

Lo único que diferente a Camina de su madre es ese desprecio a la vejez porque, por lo demás, son idénticas. Ella quiere a Fernando pero no lucha por él. De hecho, le dice que no pueden verse, tal es el deseo de sus padres.

La escena de las promesas se repite una tercera vez y ella tiene el mismo papel que tuvo su madre en dos ocasiones. Escuchar. Tan solo escuchar.

Por su parte, Fernando tiene la rebeldía juvenil que mostraba su padre en el primer acto. Repite las mismas promesas, se plantea el mismo camino y muestra el mismo desprecio hacia la escalera que ya mostró su padre en el primer acto.

Temas

Una vez tratados los aspectos puntuales de cada acto y analizado el carácter y acciones de los personajes, paso al análisis de algunos temas que trata la obra.

El amor

El amor es un completo desastre en esta obra. Fernando quería a Carmina pero eligió a Elvira. Ella comienza su relación con él motivada, parece, más por capricho de niña bien que por amor. Carmina se queda con Urbano por interés y casi por lástima, pero no corresponde el amor de él. El amor de Urbano llega tarde y también se acaba gastando.

Curiosamente, la única relación que comienza con un amor espontáneo, es la de Rosa con Pepe, los dos personajes (repito) que me parecen más interesantes. Pero también esta relación acaba mal, como se puede intuir desde el principio de la obra. Pepe es un egoísta que no corresponde el amor de ella.

Por último, presenciamos el amor de los jóvenes Carmina y Fernando pero, como ya comenté, es Fernando quien toma el papel activo, es él quien procura verla, y ella se deja querer. ¿Conseguirá este amor llegar a buen puerto, o naufragará, como el de sus padres?

El hombre provee

Fernando y Urbano son, fundamentalmente, trabajadores. Cuando son jóvenes quieren labrarse un futuro, en el segundo acto ya están colocados y trabajando, y en el tercero continúan representando papel como si fueran autómatas.

El papel de los hombres es meter dinero en casa. El dinero que metía Gregorio con su vida de trabajo, el que tenía Manuel o el que prometía Fernando.

Los hombres, en esta obra, no son nada si no proveen para su familia, y así lo demuestra Pepe. Es una faceta más de su egoísmo.

Las mujeres solo se preocupan por los hombres

Doña Generosa está muy disgustada porque su marido ya no provee. Elvira ve en su padre un instrumento para conseguir a Fernando. Tanto ella como Carmina quieren a Fernando, pero Carmina se queda con Urbano porque provee. Carmina, hija se deja querer por Fernando, hijo. Rosa va tras Pepe y luego se arrepiente.

El único que se sale de este patrón es don Juan que, al ser viejo, ya no provee para su casa, y por eso no cuestiona a Paca. Recordemos que la casa es el territorio de la mujer.

Por su parte, Rosa es criticada por no tener una relación habitual y nunca recibe el apoyo de su madre o su hermano.

Trini es la única mujer que asume su papel de cuidadora en el que, al final, acaban todas las demás. No hubiera sido extraño leer una frase del estilo «Se te va a pasar el arroz». Ella acaba tan servil como empezó y amargada por no haber sido capaz de hacer nada con su vida, pero no es cuestionada por nadie porque ese papel de cuidadora va acorde con la educación de la mujer.

No hay proyectos personales

Ya sé que tratamos una obra de poco más de una hora, pero no puedo pasar sin mencionar este asunto. Ningún personaje, salvo quizá Fernando, tiene sueños o proyectos más allá de su papel. No se habla en ningún momento de qué le gusta hacer a ninguno de los personajes, tan solo cumplen el papel al que están predestinados y del que no pueden escapar.

Proletariado, conciencia y destino

Todos los miembros de la escalera son trabajadores, proletarios, que son incapaces de escapar de su condición.

Urbano es consciente de dónde está y al comienzo piensa que el sindicalismo le salvará. Fernando opta por el individualismo. Las mujeres solo quieren un hombre que provea y critican a los hombres por no mejorar.

Esta crítica a la propia condición se ve representada en el cobrador de la luz, un trabajador más, que es criticado por hacer su labor.

No son capaces de salir de ahí. No pueden salir de esa escalera, por más que Fernando lo prometa, por más que Urbano lo prometa. ¿Por más que Fernando, hijo, tammbién prometa?

La escalera como símbolo

En el primer acto, Fernando deja establecido este símbolo:

Y mañana, o dentro de diez años que pueden pasar como un día, como han pasado estos últimos… ¡sería terrible seguir así! Subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a ningún sitio; haciendo trampas en el contador, aborreciendo el trabajo,.., perdiendo día tras día…

La escalera representa su condición de proletario, de la que no pueden escapar.

La escalera representa esas relaciones imperfectas, de las que tampoco pueden escapar.

La escalera representa un destino que se repite, el eterno retorno. Y nos plantea la duda de si los jóvenes Fernando y Carmina podrán escapar.

La duda final

¿Conseguirán los hijos romper la cadena de los padres?

Dado el tema pesimista de la obra y de todo lo que hemos tratado, lo más normal es pensar que no. Así lo indica todo el desarrollo de la trama y la última acotación:

(Se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran y vuelven a observarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)

Los adultos son plenamente conscientes de que sus hijos están cometiendo exactamente los mismos errores que ellos y que acabarán exactamente igual que ellos. En la misma escalera.

Sin embargo (y aquí vuelve el Adrián lector, no el analista), yo quiero pensar que sí. Yo quiero pensar que romperán ese ciclo de amargura y de rencor.

Aunque Fernando no cumpla todas sus promesas de mejora social, como tampoco hicieron sus padres, me parece bonito pensar que, al menos, serán felices juntos. Fernando lucharía por Carmina, sus padres les dejarían estar juntos, heredarían una de las casas y llevarían una vida apacible juntos, siendo conscientes del lugar en el que están y viviendo la vida lo mejor que puedan. Sin ambición, sin rencor, tan solo vivir la vida.

Quizá soy demasiado optimista, pero, ¿para qué sirve la literatura si ni siquiera podemos ser optimistas en ella?

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2 respuestas

  1. ¡Que no lean esto tus alumnos, que si no ya tienen hecho el trabajo!

    1. Tranquilo, muchos no pasarían del primer párrafo.

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