Llevo desde enero bajo de ánimos. Diría que el clima (¡cuánta lluvia!) y cuestiones del trabajo son lo que más han afectado.
Pero el bajón grande llegó en febrero.
He estado quince días sin entrenar y apenas sin escribir a mano en la libreta.
Son dos de los hábitos que más me ayudan a sobrellevar el desánimo.
Si es que no aprendo.
Por lo visto es un comportamiento relativamente habitual, pero no por ello me resulta paradógico que abandone (abandonemos) primero los hábitos que nos ayudan a sobrellevar precisamente la dolencia por la que pasamos.
Y cuando empiezo a fustigarme por ello, pienso: vale, no he hecho ejercicio ni escrito en la libreta ni he dejado otros hábitos que dije que dejaría, pero el trabajo lo llevo casi casi al día.
Otro punto positivo: haber logrado que el ejercicio sea ya un hábito medianamente consolidado en mi vida ha logrado que esta vez la inactividad no me afecte al hombro que tengo ya fastidiado. Estar dos semanas parado y que no me haya molestado representa un logro reseñable.
Cuando los ánimos no dan, no se puede estar en todo, pero se ve que me encanta fustigarme.
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