Mi experiencia en un curso de mindfulness en el aula

Aunque muchos puedan pensar lo contrario, los profesores tenemos que formarnos durante nuestra carrera profesional. La razón más importante debería ser el enriquecimiento personal, pero los concursos de traslados piden cierto número de puntos que, al final, te llevan a hacer cursos a tontas y a locas.

En esta situación me encontraba yo el curso pasado. Tenía horario de tarde, y el único curso al que pude optar, el único que se celebraba en horario de mañana en un CEP cercano, era un curso sobre mindfulness en el aula. Con el único fin de conseguir los puntos pertinentes, allí que fui yo.

Lo primero que me encontré fue una instructora muy mindfulness. Delgadita, hablar quedo, pausado. Muy enterada de lo suyo, puesto que nos recomendó mucha y muy variada bibliografía sobre el tema, y realmente buena profesora, porque nos explicó con claridad y nos enseñó muchas prácticas que sirvieron a muchos de los profesores asistentes.

El problema para mí fue que esas prácticas teníamos que hacerlas nosotros antes de enseñarlas a los alumnos. Y ya podéis imaginar qué pasó conmigo, dormilón por naturaleza, cuando me pusieron a meditar durante varios minutos (desde los tres hasta los veinte) después de haberme acostado tarde (saliendo de trabajar a las diez o las once de la noche, como comprenderéis, no me iba a acostar a las doce).

Me podía el sueño. Y cuando no, me sentía realmente ridículo. Me tenía que poner a respirar profundamente, a seguir la respiración subiendo y bajando dedos por la mano, a meditar tirado en el suelo, a meditar en movimiento… delante de otros profesores, y ponerlos a ellos a meditar.

El mindfulness me parece una práctica muy interesante a nivel individual. De hecho, me creo los beneficios científicos que aseguran que tiene. Pero veo un gran problema querer llevar eso a las aulas, por muchos motivos.

Lo primero es la duda, creo que muy lícita, de la utilidad del ejercicio en adolescentes. Vale que en Estados Unidos y otros países están haciendo estudios, pero España no es Estados Unidos. Me pregunto si no sería mejor leerles un relato o algún otro texto al empezar o terminar la clase que dedicar ciertos minutos a un ejercicios cuyo objetivo, estoy seguro, los alumnos no entenderán del todo, un ejercicio en el que más de uno se dedicará a hacer el cafre viendo que el profesor se pone a meditar.

Aparte de la imagen que se transmite a los chavales: «este es el flipado que nos hace meditar». Lo veo, y bastante denostada está nuestra profesión.

Pero, sin duda alguna, la mayor duda es si esto será solamente una moda para dar a la educación un falso aire de modernidad. Si los efectos en adolescentes no son claros, los docentes no tenemos ni el tiempo ni los recursos necesarios para dedicar minutos a una práctica como el mindfulness.

Creo que el problema de la educación va bastante más allá de hacer meditar a los alumnos en clase, pero para afrontar dichos problemas la administración se tiene que gastar en dinero en soluciones más tangibles y no en cursos sobre meditación.

Autor: Adrián Perales

Profesor de Lengua y Literatura. Aprendo para enseñar, enseño para aprender. Apasionado de la cultura y el software libre.

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