Ya no soy tan joven

Patas de gallo

Aceptar la adultez es algo que me cuesta. Será porque sigo disfrutando como un enano cunado veo cine de animación, por ejemplo, o porque mis hábitos no han cambiado en gran medida desde hace bastantes años. Sin embargo, hay varias circunstancias que me obligan a aceptarla, o al menos a darme cuenta de la cruel realidad de que ya no soy tan joven.

Primero, las inevitables señales fisiológicas: tantos años de temperamento risueño tienen su secuela, y ya aparecen patas de gallo cuando sonrío. Es lo de menos. Lo más complicado viene cuando empiezo a ver en todas partes a gente más joven que yo. Los adolescentes adoran a actores nacidos el mismo año que yo e incluso después; yo mismo lo hago. En mi entorno veo aparecer a personas que antes de ayer estaban sentados conmigo en el mismo aula, y hoy están en contextos inimaginables para mí en aquella época. ¡Mis amigos se casan!

Seguramente quienes seáis mayores que yo recordéis señales parecidas y leáis esta entrada con una sonrisa, pensando que en realidad sigo siendo muy joven. Pero tengo que aceptar lo inevitable.

Como dijo aquel, «la juventud es la única enfermedad que se cura con los años». La convalecencia es dura.

Imagen: Gallo cantando, CC BY-SA

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