Cine veraniego

Este verano he visto mucho cine. Más del que me esperaba, incluso. Y es que, en estas fechas de tiempo libre y dado que durante el curso voy muy poco, cómo no resistirse a una entrada de cine y unas buenas palomitas para desconectar las neuronas y disfrutar de un entretenimiento en pantalla grande. Como siempre, acción y animación, que es el que a mí me gusta ver en las salas; cine palomitero, vaya.

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Paseo por la playa

Hace unos días, mientras paseaba por la orilla con buena compañía, oía la conversación sin prestar mucha atención. Mi piel, de un blanco impoluto solo estropeado por las partes del cuerpo que van fuera de la camiseta, se tostaban por el sol. Yo notaba cómo mis pies se hundían en la arena mojada al ritmo de mis pasos y al capricho de las olas. Aproveché el propicio escenario para reflexionar y echar la vista atrás, más allá de las huellas en la arena, una actividad a la que dedico más tiempo del debido últimamente, con la esperanza de que esa reflexión, que da lugar a este texto, sirva para reducirlo.

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Ya no soy tan joven

Aceptar la adultez es algo que me cuesta. Será porque sigo disfrutando como un enano cunado veo cine de animación, por ejemplo, o porque mis hábitos no han cambiado en gran medida desde hace bastantes años. Sin embargo, hay varias circunstancias que me obligan a aceptarla, o al menos a darme cuenta de la cruel realidad de que ya no soy tan joven.

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